6 oct. 2005

Diez prioridades en educación (1/3)

La idea de esta serie de artículos es que podamos reflexionar y compartir sobre los que me parecen los diez temas sobre los que se debiera poner énfasis en el ámbito de la educación para el próximo gobierno. Los primeros cuatro se refieren a los actores del sistema. Los segundos cuatro énfasis se refieren más a la gestión de las escuelas y del conocimiento. Los últimos dos, a los cambios que me parecen necesarios en el propio Mineduc.

Sobre los actores, parece haber un primer consenso nacional sobre la necesidad de ampliar la cobertura de la educación parvularia, por tanto no vale la pena profundizar en su fundamentación más allá de señalar la evidencia empírica bastante extendida acerca de las ventajas de la educación temprana. Por tanto veremos muy probablemente un importante esfuerzo en esta línea, que se traduzca en infraestructura, alimentación y multiplicación del fondo para subvención. En este nivel ya se hizo una propuesta curricular y una amplia capacitación de docentes.

Sólo quiero plantear dos preocupaciones que no han salido todavía en medio de este consenso: la falta de suficientes educadoras de párvulos en el país para dar un salto significativo en corto plazo y los problemas de calidad en su formación, por una parte, y la falta clara de definiciones sobre el rol de la JUNJI, que actualmente es una institución pública "proveedora" de educación parvularia y al mismo tiempo, "fiscalizadora" respecto de los jardines que ella no administra, por otra. Esto último generará una creciente tensión, en la medida en que se multipliquen los fondos disponibles y los establecimientos que ofrezcan este nivel educacional.

El segundo desafío ha aparecido muy indirectamente en la discusión más pública, pero aparece recurrentemente en la conversación de los actores, y es la necesidad de ampliar y diversificar los mecanismos de evaluación de los aprendizajes. Es evidente que el SIMCE se ha vuelto completamente insuficiente para conocer la calidad de la educación que reciben niñas y niños. Insuficiente por los niveles en los que se aplica, por la poca amplitud de conocimientos que mide, por la forma en que puede apoyar los mejoramientos puntuales de cada escuela.

Por tanto, la disponibilidad de nuevos y más diversos instrumentos, que puedan ser aplicados autónomamente por las escuelas, vinculados a los aprendizajes esperados en cada nivel educacional, anclados también en los propios proyectos educativos de las escuelas y a cuyos resultados pueden acceder los docentes para focalizar su trabajo en el aula, los directivos para apoyar el trabajo de los docentes y garantizar su eficacia, las familias para saber de los avances de sus hijos en relación a los aprendizajes esperados, debieran establecer bases más reales de información para el compromiso responsable de cada actor.

Esto debiera apoyar el tercer desafío, el de la participación responsable de las familias. La creación de los Consejos Escolares ha sido un primer paso que debe profundizarse, promoviendo no sólo la apertura de espacios en los colegios para la participación sino también mecanismos de mayor responsabilización de los padres respecto de su participación, considerando que probablemente esto requiere una reflexión de país muy extendida, para detectar necesidades e inquietudes, para facilitar la presencia de los padres en la escuela, para apoyar a directivos y docentes n el manejo d nuevos espacios de participación.

El cuarto énfasis o prioridad que me parece relevante es el de la Formación, la práctica y la evaluación docente, temas en los que, en general hay también bastante consenso, pero que en la vida concreta, cuando es necesario ensuciarse las manos para abordarlos integralmente, han faltado las ganas y la decisión política para hacerlo. Un cambio drástico en la formación inicial de los docentes requiere ordenar la oferta de las facultades de educación, hacer obligatoria una acreditación exigente de facultades y carreras, inducir cambios importantes en la actualización de los currículos de formación docente (por ejemplo, ampliando la formación en tecnologías de la información y la comunicación, en el manejo de la diversidad, en la gestión evaluativa y el manejo de estudiantes con necesidades educativas especiales).

Para mejorar las prácticas docentes, mee parece indispensable disminuir las horas frente a curso, para contar con mejor preparación de clases, de evaluaciones, mayor reflexión y trabajo en equipo. En el caso de la evaluación docente, hay que avanzar hacia procedimientos que impliquen mayor participación de directivos y sostenedores, mecanismos que fuercen también la evaluación de los establecimientos privados con financiamiento público y mayor transparencia en los resultados.

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