20 oct. 2007

Educación: Un computador por niño

El mundo de la informática educativa está en medio de un interesante debate, abierto por la propuesta original de Nicholas Negroponte, gurú de MIT, seguida luego por Intel y otras empresas y organizaciones, para que cada niño en el sistema escolar tenga un computador. La proximidad creciente para que estas máquinas estén dispnibles a bajo costo, ha actualizado el debate en cada país, para saber si se trata o no de una estrategia apropiada que permita mejorar los aprendizajes.

La música de fondo de este debate son las enormes dificultades que experimenta la inmensa mayoría de los países por mostrar mejora en sus resultados educativos. Salvo los países asiáticos, Nueva Zelandia y alguna pocas excepciones en Europa (Irlanda o Finlandia), el resto de los países parece haber perdido la brújula que guíe a los estudiantes a aprendizajes de calidad.

La inversión en tecnlogías de la información y la comunicación (TICs) había despertado las esperanzas de algunas administraciones nacionales o locales, las que invirtieron recursos importantes en crear salas de computación en las escueles, dotarlas de conectividad y capacitar a sus docentes, lo que no ha mostrado impacto visible alguno en los resultados educativos.

A consecuencia de lo anterior, se han despertado tres posiciones que pretenden explicar el fenómeno y ofrecer caminos diferentes de solución. En un extremo, quienes creen ver aquí la prueba del fracaso anunciado por los que advirtieron que las tecnologías nada cambiarían, que ellas por sí mismas no representaban ningún aporte sustantivo, porque la clave de la educación está en otros ámbitos: la calidad de las escuelas, la gestión directiva, la formación de los profesores o la institucionalidad pública que la regula.

Una seguda posición ha tomado la voz de la prudencia, señalando que el tiempo transcurrido desde estas inversiones ha sido poco como para reconocer impactos, que las pruebas que miden los avances educativos no consideran los "nuevos aprendizajes" de los alumnos y que la apropiación que han hecho los docentes es aún menor de la necesaria para que se traduzca en lo que aprenden sus estudiantes.

La tercera posición es más audaz, y partiendo de la base de lo propuesto por la segunda posición, agregan que todavía el nivel de presencia de las TICs en los sistemas educativos está muy lejos de ser el necesario para producir impactos reales en los aprendizajes. Las tasas de alumnos por computador son muy bajas (Chile está en la mejor posición de Latinoamérica, con 30 alumnos por computador), la conectividad es un sueño para muchas escuelas y a nivel de prácticas, lo que ha ocurrido es que las TICs, más que introducir innovaciones en las metodologías y los contenidos, han sido incorporadas por los docentes como apoyo a las prácticas tradicionales. La tiza y la pizarra, en este contexto, no son demasiado diferentes de un proyector y un archivo de Powerpoint.

En medio de esta discusión es que ha irrumpido la propuesta de un computador portátil para cada niño en el sistema escolar. Los computadores fueron pensados y creados para el uso individual (PC= Personal Computer) y todo esfuerzo de impactar las prácticas docentes mediante la capacitación en TICs o el equipamiento de salas ha reforzado prácticas antiguas con el uso de nuevos instrumentos.

Se ha calculado en Chile hoy, que antes de ingresar a la educación superior, los estudiantes del siglo XXI poseen 10 mil horas de videojuegos, 20 mil mails mandados y recibidos, 10 mil horas de uso de celular y otro tanto entre uso de chats, webs y blogs; así como 20 mil horas de TV. Es evidente que la generaciones emergentes ya han incorporado las TICs en su forma de aproximación al mundo y al conocimiento.

En este contexto, parece de sentido común que dotar a cada estudiante de un computador para su tarea escolar podría ser la piedra que falta para equilibrar el nuevo edificio de la educación. Ello permitiría que fueran los estudiantes los que empujaran y presionaran por una "nueva educación", que obligara a nuevas formas de enseñar y evaluar los aprendizajes, tanto al nivel de la escuela como del país.

Los contradictores sostienen que esta es una medida demasiado costosa, sin modelos pedagógicos que la sustenten y sin pruebas fehacientes de sus resultados, lo que es cierto. En Chile hay, solo en educación media, más de un millón de estudiantes, lo que a los US$400 por equipo, más costos logísticos, de seguridad y de capacitación, hacen que se trate de un gasto relevante. Como nunca se ha intentado en gran escala, no hay estudios que permitan probar su eficacia.

La falta de modelos pedagógicos es real, pero tal vez sea su mayor riqueza, ya que puede ser la forma de asegurar que efectivamente se creen nuevas formas de aprendizaje, más ligadas a la cultura y las estrategias de los aprendices del siglo XXI.

Probablemente nunca hemos tenido en nuestro país una oportunidad más clara para invertir en educación y la alternativa de un computador para cada estudiante es una apuesta grande y arriesgada, pero al mismo tiempo alineada con los tiempos que corren. Creo que intentar un ejercicio a gran escala, acompañado de mecanismos para la apropiación metodológica, la formación de los docentes para un nuevo rol y del sistema escolar para nuevos aprendizajes, puede ser un camino concreto para reencantar a los estudiantes con la escuela y los aprendizajes.

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