19 abr. 2008

Reforma 2.0: Proyecto de país

La Reforma Educacional chilena probablemente sea un ejemplo de una política pública bien definida, cuidadosamente diseñada y eficientemente llevada a la práctica. Basada en cuatro pilares (Programa de mejoramiento e innovación pedagógica, Desarrollo Profesional de los Docentes, Reforma Curricular y Jornada Escolar Completa), goza de un enorme y merecido respeto y prestigio nacional e internacional, y ningún análisis serio desconoce que esos pilares eran aspectos fundamentales que debían ser abordados por la gestión pública educativa.

La Reforma Educacional fue propuesta el 21 de mayo de 1996 por el Presidente Frei en su discurso de cuenta al país, e implementada en los siguientes años bajo la gestión de los ministros Molina, Arellano y Aylwin. Justamente con la Ministra Aylwin, los objetivos propuestos alcanzaron sus máximos cumplimientos (se completó la reforma curricular básica y media, los programas de mejoramiento se integraron con las líneas y unidades regulares del Mineduc, se terminaron los programas de perfeccionamiento fundamental de los docentes y se concordaron mejoras importantes con el gremio y se completó el ingreso a la JEC del 90% de la matrícula, quedando sólo los casos más específicos o complejos por razones de geografía, arquitectura o gestión).

Desde marzo de 2003, el Ministerio de Educación se ha dedicado a administrar los recursos y los conflictos, sin un proyecto de actualización o transformación, de conducción y visión respecto de la educación que Chile requiere. La sobrevalorada marcha de los pingüinos, la visible incomodidad de los profesores, el descontento creciente de la ciudadanía, también tienen su explicación en la falta de horizonte, de un relato claro respecto de lo que queremos hacer con nuestra educación y el papel que ella juega en nuestro modelo de desarrollo.

Estamos llenos de discursos encendidos respecto del rol central de la educación en el desarrollo de las personas y del país, de las oportunidades que abre a los más pobres, de las competencias que agrega al mercado, de los valores que promueve en la ciudadanía, y sin embargo, detrás de esos discursos, no existe un programa nacional que nos permita entender y sobre todo, concretar esas nobles ideas.

Tal vez el triste espectáculo de las últimas semanas, y el nombramiento de Mónica Jiménez como nueva ministra del ramo, abran una ventana de oportunidad para pensar, consensuar y construir un gran proyecto país respecto de nuestra educación. La ministra tiene la experiencia y las competencias para articular un acuerdo profundo y de largo plazo respecto de nuestros desafíos y las formas de abordarlos. Ojalá cuente también con los apoyos y los recursos necesarios para ello.

Por lo pronto, me permito proponer tres ideas que me parece no pueden estar ausentes de esta reflexión y que no suelen estar en la mesa de los constructores de política pública educativa.

La educación es más que la escuela: Por años, hemos procurado mejorar las competencias y conocimientos de nuestras niñas y niños teniendo como único camino para ello, la escuela y los profesores. Sin duda ellos son fundamentales, y lo seguirán siendo por muchos años. Pero ser Ministerio de Educación (y no ministerio de las escuelas) significa asumir con toda la convicción, que las sociedades contemporáneas tienen muchos más mecanismos de comunicación, de acceso al conocimiento y de socialización que la escuela, y desaprovechar ese potencial nos pone cuesta arriba o, peor aún, contra corriente. Las tecnologías de la Información y la comunicación y los medios de comunicación, han revolucionado las formas en que niñas, niños y jóvenes acceden al conocimiento, lo asimilan y desarrollan sus propios marcos de comprensión y acción en el mundo. Si no incorporamos este ingrediente en nuestro desafío, estamos condenados a tener estudiantes aburridos y profesores frustrados. Asumir que son las sociedades las que educan a través de infinitos mecanismos, es abrir nuestra mirada a cientos de oportunidades que tenemos frente a nosotros y que hasta ahora han sido invisibles en nuestra reflexión educativa.

Sólo a modo de ejemplo, considere que nuestro flamante currículum nacional, construido hace menos de 10 años, no incluye a las Tecnologías de la Información como un contenido o competencia relevante. En la educación básica no existe y en la media se sugiere como contenido transversal que los niños tengan un dominio elemental de aplicaciones básicas (procesador de texto, hoja de cálculo, navegación y correo internet) y una comprensión del fenómeno global que implica su difusión. ¿Se imagina que nuestros hijos e hijas tuvieran realmente que esperar hasta primero medio para saber eso?

Protagonismo de los estudiantes: El profundo cambio cultural que vivimos obliga a pensar la educación poniendo otra vez en el centro a los estudiantes y sus aprendizajes, ordenando a las instituciones educativas alrededor de este desafío, ofreciendo a los estudiantes los espacios, las herramientas y el acceso al conocimiento, y desarrollando en ellos las competencias fundamentales (lo que la OECD ha llamado "Competencias del siglo 21") que les permitan buscar y encontrar, relacionar y comprender, desarrollar y construir, compartir y colaborar, y reflexionar en torno a sus propias prácticas. Se trata de un enorme desafío para las escuelas y los profesores, que tienen que modificar sustancialmente su rol de "transmisores del conocimiento ancestral" a coordinadores, facilitadores y estimuladores.

Un nuevo involucramiento de las familias: El sistema educacional chileno está construido sobre una sentencia constitucional audaz: "la familia es la primera responsable de la educación". Sin embargo, después de asignar constitucionalmente esa responsabilidad, muy pocos mecanismos permiten que ello pueda concretarse, y las familias están bastante imposibilitadas de cumplir con esa misión. Las razones son muchas. La vida contemporánea impone largas jornadas laborales, a hombres y mujeres, el crecimiento de las ciudades implica lapsos amplios de tiempos de traslado, por lo que padres y madres tienen objetivamente poco tiempo. También hay brechas educacionales importantes, si se considera que en promedio, los estudiantes de hoy tienen y tendrán 12 años de escolaridad, sus padres tuvieron sólo 8 años, y sus abuelos 4. Otra vez, objetivamente los padres no están en condiciones de apoyar los aprendizajes de los hijos, aunque tuvieran el tiempo para ello, que no tienen. El sistema escolar ha hecho caso omiso de estas realidades. Se siguen organizando reuniones de apoderados y eventos escolares a las 5 de la tarde, o a las siete de la tarde cada quince días, se siguen mandando tareas bajo el supuesto de que los papás apoyarán su realización.

Las escuelas viven un doble vínculo en su relación con los "padres y apoderados". Por una parte, se quejan de su ausencia, de que "depositen" a sus hijos cada mañana, cada marzo, cada primero básico, y al final los "retiren" esperando que la escuela haga toda la tarea, la propia que es educar, y la de los padres, que es formarlos. Pero al mismo tiempo, generan todos los mecanismos posibles para que los padres más inquietos e interesados, estén lejos de la escuela, porque preguntan mucho, critican, son conflictivos.

No hay estudio que no revele el impacto enorme que tiene en los resultados de aprendizaje el involucramiento de las familias, el capital social y cultural en el contexto en que se desenvuelven los niños y niñas, y sin embargo no ha habido políticas serias, sistemáticas y profundas para establecer un nuevo escenario, que apoye y acompañe a las familias y les permita, efectivamente, cumplir con su misión.

Por supuesto que hay otros ámbitos que deben considerarse: la formación inicial de los docentes, las condiciones de trabajo, en particular la relación entre tiempo para preparar y tiempo frente a curso, los estándares asociados a los procesos y a los resultados educativos, la estructuración responsable de la gestión de las escuelas, la mejora y modernización de los mecanismos de supervisión y fiscalización. Todos ellos han sido revisados por la investigación internacional y fueron considerados en la Comisión Asesora Presidencial. Estos tres temas que propongo, son más arduos y complejos, pero no por ello menos urgentes o importantes para el desafío que enfrentamos.

Puedes escuchar la entrevista sobre este tema en Radio Duna.

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